Señor, ¿Por qué me has abandonado?

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Cuántos momentos, Dios, entre luces y sombras. Aunque siempre has mantenido el equilibrio, no puedo menos que expresarte en este momento, que me agobia la incertidumbre, no sé cuánto más soportaré. Perdona, sé que debo confiar, pues, Tú jamás abandonas a quien amas.

Si estas palabras hacen parte de tus plegarias por estos días, entonces quédate, este mensaje es para ti. Antes quiero que vayamos a la Sagrada Escritura, y hurguemos hasta hallar esperanza en uno de los pasajes más preciosos y consoladores del AT.

Isaías 49,14-16

“Sión decía:
‘El Señor me abandonó,
mi Dios se olvidó de mi’.
Pero ¿acaso una madre olvida
o deja de amar a su propio hijo?
Pues, aunque ella lo olvide,
yo no te olvidaré.
Yo te llevo grabada en mis manos,
siempre tengo presentes tus murallas”.

Sin dudad, este es un bellísimo texto el que nos regala la Palabra de Dios, cuánta sabiduría, consuelo, esperanza y amor se desvela a través de esta narrativa. No es extraño que en tiempos como los que vivimos hoy, a muchos de nosotros nos haya alcanzado la angustia, la ansiedad, la desolación, la desesperanza, el sinsentido. Es apenas natural que en tiempos de dificultad nuestra fe y fortaleza sean sometidas al crisol. Pero ¿Qué hay de los que sucumben? ¿Qué pasa con los que ya no pueden más? ¿Qué decirle a quienes, por más que han orado y esperado en Dios, la luz al final del túnel parece lejana o inexistente? Peor aún, ¿y si esa persona soy yo o uno de los que amamos?

Seguro que no es fácil. He aquí el instante en el que, para muchos, se bifurca el camino: o seguimos confiando y esperando hasta que, por muy incierto que parezca el futuro y esquiva la esperanza, hallemos la salida; o claudicamos y nos damos al dolor y que la fatalidad se haga cargo. Pues resulta, que hoy la Palabra que acabamos de escuchar, ofrece un panorama mucho más amplio, aunque no menos complejo, pero lleno de verdad y certeza: Dios siempre está ahí, como siempre estuvo con su Hijo, quien nos demostró que es natural sentir la angustia y experimentarnos “abandonados”.

Tengamos presente las palabras de Jesús ante la cercanía de la Cruz, la cercanía de la muerte: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46). El saberse abandonados nos deja a un paso de arrojarnos en las manos del Amado, Él espera con los brazos abiertos, pues, nos ama con amor maternal, con amor entrañable, nos lleva grabados en sus manos, manos que han creado el universo y que, por tanto, tienen el poder para confortarnos, para sanarnos, si es preciso, para rehacernos. Pero debemos seguir confiando ya que siempre lleva presente nuestras “murallas”, y ¿qué significa esta expresión del profeta?

No olvidemos que las murallas son la primera defensa ante el enemigo, ante los problemas, ante las pestes. Las “murallas” son escudos, son refugio y hogar, y la Palabra nos dice que Dios las tiene siempre presente, o sea, que Él mismo se hace cargo de nuestra defensa, Él siempre está aquí con nosotros, aunque no parezca, pero lo está. No permitamos que las inclemencias de las dificultades o lo ruidoso de las crisis nos vuelvan insensibles ante la experiencia de Dios. De todas formas, aunque creamos que se ha ido, Él permanece misteriosamente, de no ser así, no habríamos llegado a este momento de la meditación.

Bendice al Señor en todo momento, que la alabanza esté siempre en tu boca. No te quites la posibilidad de sentirlo, de amarlo y dejarte amar, pues Él está contigo, justo ahora, sosteniéndote, por eso no te has derrumbado, por eso la esperanza sigue latente, porque te ama con entrañas de misericordia.

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